| ReaJharel 的个人资料Tras el velo de la luna ...日志列表 | 帮助 |
|
|
10月2日 DespertarAgryus Vlasi se arrastraba torpemente por los túneles de la fortaleza, en Hungría. Por primera vez en mucho tiempo sentía autentico terror. En la última semana habían caído dos de las más antiguas casas Remotas sin quedar un solo superviviente. Primero se pensó que era una maniobra de los Ajenos, en respuesta al acoso sufrido tras comenzar la última Guerra de las Sombras. Pero hace dos días una noticia venida de Moldavia sembró la desconfianza y el miedo entre los suyos... Una letra, un simple garabato trazado en una pared, firmando un baño de sangre. Nadie vio venir el primer embiste, ni siquiera Titian con toda su vanidad, que ahora yacía ciego y moribundo en la sala principal. El único superviviente junto a él mismo, que se había deslizado cobardemente por uno de los pasadizos que normalmente usaba para acudir a informar a Caylus. Era un laberinto de pasillos que el conocía bien, y que guardaban en su interior uno de los mayores secretos de los Remotos. Una sala con los talismanes y grimorios mas antiguos y poderosos, arrebatados en otros tiempos a distintos enemigos de las casas, junto a redomas con su sangre, y ocultos para seguridad de la raza. Se detuvo a pocos metros de la puerta
entreabierta, maldiciendo al ver la luz resplandeciente que se escapaba por el
quicio...
El terror le paralizaba por completo, hasta el punto que le costaba asentir con la cabeza.
Entonces se agachó sobre el, y grabo con sus
garras un símbolo en su frente... La letra, la temida letra... El Asesino había vuelto; Argos, y con el... la muerte silenciosa. J.
6月20日 El SueñoSwartalm, "El Guardián", miraba al frente envuelto en su armadura de Nauryl, el preciado metal negro-azulado que las gentes de su pueblo llevaban utilizando desde más tiempo del que nadie podría recordar. Su mano sostenía la espada de doble filo por la que se había derramado la sangre de mil enemigos, y sobre sus hombros, colgaban las trenzas que marcaban esas vidas, un nudo por cada victoria.
A las espaldas del temible guerrero, las puertas que tan celosamente custodiaba daban paso a la Ciudad Azul, y hoy precisamente debía estar mas atento que de costumbre, pues era un día especial... Hoy se celebraba la asamblea que decidiría el destino de dos reinos enfrentados.
Mitya se extendía imponente entre el mundo físico y el etéreo, en la frontera entre el sueño y la vigilia, y por ello era el lugar adecuado para tal evento. Aunque tampoco había que olvidar, que los dos reinos llevaban siglos intentando conquistar la ciudad sin éxito, y cualquier descuido podía significar un error.
A través de la ventana de la más alta torre, se podía ver a los componentes de la asamblea.
A un lado, a veces rubia, a veces morena, se hallaba una mujer cuyo rostro cambiaba a la misma velocidad que su cabello. Su poder y su reino provenían de la Luz, y sus actos provocaban el bien; aunque no siempre, pues la crueldad y el dolor estaban ligados a ella. Olía a primavera y a otoño, a hojas caídas y a manantiales de las Altas Montañas. Suyo era el poder de una diosa, lo cual la ponía por encima de razonamientos mortales. Era vida, era amor; era locura y capricho. Era amor y dolor.
Delante de ella, sosteniendo su mirada cambiante, se hallaba otra mujer, que cualquiera podría haber confundido con su hermana. Su cabello era rojo, o mas bien el fuego se movía dentro de el, y la envolvía un manto de sombras que bailaban a su alrededor. Su olor era el de la incertidumbre y el miedo; el de las casas abandonadas e inviernos desolados y el del éxtasis de los amantes. Era el odio, la furia desatada; la carcajada histérica... la sombra del miedo. Era el mal.
En el centro, una figura encapuchada estaba a punto de condenarse. No se puede mediar entre dos poderes tan intensos sin perder algo a cambio, y el lo sabía...
Su mirada azul que le identificaba como hijo de Mitya, se perdía en su cabeza mientras esperaba, paciente e incorruptible, las palabras de sus acompañantes. Quizá hubiese preferido otro destino, de haber podido, pero nada podía cambiar su posición. Pues el era "El Juez", y su función era la de impartir veredicto y castigo sobre todo caso que influyese directamente sobre los terrenos que delimitaban la realidad, donde Mitya era eterna.
Su poder era extraño, pues solo se mostraba una vez dictaba su sentencia, y aunque era en verdad enorme, se preguntaba si sería suficiente para enfrentarse a cualquiera de las criaturas que ante el se hallaban... Solo esperaba que fuese suficiente como para salvar a su pueblo de la desgracia que parecía cernirse de un momento a otro, y librar a las almas de sus ciudadanos del tormento que sin duda les esperaba.
Si tan solo hubiese podido hablar antes con la Reina, haber trazado un plan. Quizá la respuesta estuviese en la vigilia... Ahora pensaba en la Reina, en el Salón central, muchos metros por debajo de el; en lo que podría haberle dicho, a solas, antes del final...
Pero tenía un plan; loco, pero era algo... Aunque podría significar la destrucción de la ciudad si se equivocaba.
La ceremonia dio comienzo, y al levantar la vista, el soñador vio su rostro salir de la capucha...
y Jharel despertó, con los ojos saliéndose de las orbitas, empapado en sanguinolento sudor, pues conocía los rostros que había visto en el sueño, y recordaba algo... algo lejano, antiguo... que podría cambiar radicalmente todo cuanto creía...
Miró sus manos, donde descansaban la pluma y el papel, y la carta a medio escribir, y se puso manos a la obra... 4月18日 El acantilado y la muerte...Estaba sentado en el acantilado, con la vista en algún lugar de las estrellas, y su pensamiento se perdía en ellas. Llevaba "vivo", por llamarlo de alguna manera, más de quinientos años, aunque su memoria cambió el origen de su nacimiento al año de nuestro señor 1108, cuando fue convertido en vampiro en contra de su voluntad.
El mar se estrellaba a unos veinte metros por debajo de sus pies y Jharel, o Argos, o quienquiera que fuese antes de todo eso, esperaba...
Imágenes de toda su vida danzaban delante de sus ojos. Momentos para recordar, y otros para olvidar. Recordaba vagamente a sus hijos mortales, su vida humana, los días bajo el sol. Días felices, quizá, como los que pasó en una extraña cabaña, en medio del bosque, junto a Sybil, la que prefirió aceptar la vida "finita" que poseía en lugar de la eterna oscuridad.
Hacía horas que la hoguera se había apagado, pero no sentía frío. No sentía nada... Para él, la existencia era un juego. Su juego. Donde vivía aventuras, exploraba los lugares más recónditos del mundo y donde cumplía una función. Pero ya no era así...
En las últimas semanas, su juego había derivado en un victorioso ataque contra su persona, y lo que es peor, eso había provocado la captura, y posible tortura o incluso muerte, de su más fiel amigo. Cedric, el maestro del violín, un error imperdonable que no debería haber ocurrido jamás.
La culpa le corroía, y el cansancio... Cansancio. Puede que esta vez más que nunca, entendiera esa palabra. El cansancio de su espíritu... Mientras él intentaba encontrar a Cedric sin el menor éxito, una guerra en las sombras estallaba por toda Europa guiada por una mano invisible, al igual que antaño. Iba a haber sangre, mucha; y no se veía tan seguro de poder con todo. No se veía capaz de proteger a la gente que apreciaba, no se le ocurría por donde empezar...
Rea... Ojalá pudiese sacarla de todo esto, pero parecía que ella era, precisamente, una de las partes realmente implicadas. Su padre quería matarla, su antiguo amor casi lo consigue, y sus nuevos enemigos preparan el siguiente ataque.
Sus cartas habían sido un bálsamo todo este tiempo. Había recordado la importancia de las palabras, y descubierto que hay lazos extraños como el mundo. Por no hablar de esa misteriosa "fuerza" que les unía en la noche, con sus incomprensibles señales...
Y allí, envuelto en su gran capa negra, inmóvil mientras el viento apartaba los oscuros cabellos de su pálida tez, pensó en ella: ¿Donde estaría ahora? ¿Por qué no había llegado aun su carta? ¿Estaría bien?... Sí, de no ser así el lo habría sabido al instante, estaba seguro... ¿Lo sabría ella en caso contrario? Suponía que sí, y se odió por lo que estaba a punto de hacer.
Mientras el cielo adquiría un tono purpúreo pensó en la caja que había dejado encima de su mesa; Hermes haría que llegase hasta ella. Dentro había una disculpa, hábilmente escrita, como a ella le gustaba... Había también un libro, escrito por él; contenía direcciones, nombres de vampiros y humanos de diversas ocupaciones, datos de interés y localizaciones de lugares inencontrables. Otro libro debajo, escrito en piel de distintas procedencias por muchos autores, con hechizos y sortilegios útiles. Y por último, el puñal de la Lluvia Eterna, con el que había sido herido un tiempo antes, y todas las cartas que ella le había enviado, para que las guardase junto a las suyas, a salvo del tiempo.
Pensó en el futuro de lo que podría haber sido todo, de no haber guerra; de no ser uno de los principales objetivos; de no traer la desgracia a quien estaba cerca de él; de no haber perdido tanto de si mismo, pero lo desechó de inmediato. La noche daba paso al amanecer...
Permaneció inmóvil mientras los primeros rayos de sol tocaban su cara, sus manos, y empezaban a quemarle. El clima británico hacía que el sol saliese tímidamente entre las nubes, y su edad y la sangre que le había dado poder, hacían que fuese un proceso aun más lento y doloroso, pero no iba a dejar escapar un solo sonido. El era Jharel, Argos y aceptaba el dolor como castigo a su renuncia de este mundo...
De pronto, una delicada mano enguantada tocó su hombro...
- Jharel... no.
1月22日 Capturado
Cedric abrió los ojos. No mucho, solo máximo que le permitía la sangre seca que apelmazaba el pelo contra la cara. Echó un vistazo...
La mazmorra era fría y gris, y la única ventana estaba demasiado alta, seis pies por encima del cabeza de un hombre de estatura media, erguido. De todos modos, pensó que tal cosa era irrelevante, ya que se hallaba de rodillas en el suelo, con los brazos encadenados a la pared de piedra.
Intentó recordar como había llegado allí. Todo estaba confuso. Recordó ir a abrir la puerta del pequeño castillo de Jharel, y el grito de advertencia de este, unos segundos demasiado tarde, antes de que el hombre de la ballesta le acertase, de pleno, en el hombro.
Después de eso, perdió el sentido, que solo recuperó un momento, cuando alguien le alzó del suelo y lo depositó en el carromato, pero para entonces el castillo ya estaba en llamas.
Se preguntó si sería posible que Jharel hubiese muerto al fin, tras tantas aventuras a su lado. El corazón se le encogió, pues para el era más que su amigo, casi un padre, que le había criado desde niño.
No. No dejaría que esa idea se hiciese fuerte es su mente. Esperaría. Sabía que vendría a por el. Solo deseo que pudiese llegar a tiempo, pues si había de morir, siempre había pensado que podría despedirse de su hija Siria. Tenía tantas cosas que decirle...
De pronto, un ruido de goznes chirriando, y el portón de madera se abrió para dejar paso a una figura encapuchada. Una mujer. Una vampira...
- Saludos... – Siseó con una malévola sonrisa que le puso los pelos de punta. – Tu debes de ser el que llaman el Maestro del Violín, ¿no?, el perro humano que acompaña a Argos, o Jharel o como quiera llamarse ahora, en sus viajes, según he oído. Bien, he de decirte que voy a matarte... – En ese momento retiro su capucha, dejando ver a una bella mujer rubia de piel marmórea que no aparentaba tener más de veintiséis años.- Habrás notado que no puedes hablar, y mucho menos gritar, aunque por supuesto nadie iba a oírte... – Sus ojos brillaron con la intensidad de dos llamas.- Si te preguntas por que te he mantenido con vida hasta ahora, solo ha sido porque prefiero arrancarte la información que puedas poseer con mis propios métodos.
Cedric sintió que su hora había llegado al fin, y no podía explicar el terror que le producía esa mujer, que no dejaba de ser hermosa aun cuando abrió las fauces dejando ver sus enormes colmillos.
Al momento notó como su piel se desgarraba y un torbellino de imágenes paso por su cabeza. Y la noto a ella, allí con el, dentro de su cabeza. La sensación era casi placentera, no podía resistirse, pero sabía que algo estaba mal.
Ella recorría su memoria, todo su pensamiento, buscando a Jharel, y encontrando más de lo que esperaba...
La chica, Rea, y la mención de un posible hijo, ¿un híbrido?. Esa parte no estaba clara. Continuó...
La ciudad perdida.
Y algo más, un ser de increíble poder, alguien cambiante, cerca de Jharel. Necesitaba mas información de todo ello, pues trastocaba en gran medida sus planes.
Cuando estaba a punto de acabar con la vida de Cedric, algo la hizo cambiar de opinión. Paró de beber, y lamió su herida para cerrarla. Quizá le fuese útil... sí... Lo pensaría, hacía tiempo que no tenía una mascota en condiciones...
Le apartó a un lado, con desprecio, y desapareció con celeridad.
Ahora estaba solo, terriblemente débil y temblando. El no había podido ver nada claro durante el contacto mental, pero si descubrió su identidad, y eso le aterrorizó de verdad... Pues era un nombre muerto y olvidado hacía casi trescientos años...
Mergabath...
J. 12月3日 La esperaCon los ojos enrojecidos tras los mechones negros que caían sobre su cara, el vampiro recorría la habitación, de un lado a otro, con gestos felinos. De pronto se detuvo, cesando el ondulante movimiento de su capa negra y manifestó, a sus dos interlocutores, su decisión de partir esa misma noche.
Su nombre era Jharel, o así se hacía llamar desde hacía tiempo.
Jharel... Ella le había dado el nombre. Su regalo a unas palabras amigas, que la habían encontrado en una noche oscura y sombría. Regalo que el acepto de buen gusto, y portaba con orgullo. Ahora pensaba en ella... Rea.
Hacía demasiado tiempo que no sabía de ella, desde que en su última carta, anunciaba que había llegado a Mytia, la ciudad perdida de las leyendas. En ella le contaba las increibles situaciones en las que se había visto envuelta, al poco de llegar, y de los extraños seres que habían encontrado. Eso aumentaba la preocupación de Jharel.
¿Qué podría haberle ocurrido? Nunca se retrasaba en sus envíos.
Cedric, el maestro del violín; su fiel amigo humano y Hermes, amigo y maestro de armas, se apresuraron a intentar disuadirle.
Jharel apenas les oía, pensaba en Rea. Su relación se basaba en escritos. En palabras, enviadas a través de la distancia. Hacía años que la llegada de una nueva carta, transmitía la misma sensación que un abrazo. Ahora se daba cuenta de que quizá, necesitaba esas cartas mas de lo que imaginaba... esas puertas a otro lugar, esa mano que se abría para el, desde el otro lado de la realidad. Esa alma, que le fascinaba al tiempo que le infundía respeto; que le resultaba terriblemente familiar; y con la que sentía un lazo, que de algun modo, unía sus destinos.
Mientras bajaba las escaleras, haciendo caso omiso de sus compañeros, unas voces anunciaban la llegada de Siria, la hija de Cedric. Venía a caballo y exhausta.
Traía un sobre en la mano, cuya visión apaciguó los nervios de Jharel.
La carta había llegado...
J. 11月15日 Un prólogo, por ejemplo...Es difícil intentar escribir un prólogo, sobre algo que no sabes como va a continuar. Y no es que no haya nada pensado; pero desde luego no hay todavía un nudo y un desenlace.
De lo que si que puedo hablar, es de lo que impregna a las dos personas que colgarán sus ideas en este onírico paraje, y que estoy seguro quedará plasmado, de un modo u otro, para uso libre del espectador.
La sustancia a la que me refiero está, a su vez, compuesta por una serie de elementos, altamente reactivos, en criaturas cuya alma vive, por igual realidad, el reino del sueño y el de la vigilia.
Tales elementos, o al menos algunos de ellos, podrían ser:
La pasión por las historias, y por las palabras que las cuentan;
la noche y su oscuridad, y las criaturas nacidas bajo la atenta mirada de la luna;
la capacidad de ver el horizonte... y las estrellas, y mas allá, mucho más;
la sed de espíritu, y sus escarceos amorosos con la bella melancolía;
y...
la habilidad para viajar sobre las melodías, hasta donde quieran llevarte.
Ya sabéis, el tipo de cosas que la gente se olvida en los sitios mas inesperados...
La esencia que, en ocasiones, guía nuestras manos para plasmar; mediante palabras, dibujos o música, esas percepciones que pugnan por salir de la cabeza, el corazón, o el estómago.
Así que os digo, ojos viajeros que leéis estas líneas; que si decidís volver a pasar un rato junto a nosotros, sabed que sois bienvenidos, junto a vuestras palabras.
Acomodaos, subid la música, y solo por un momento; dejad atrás la realidad y su velo a lo desconocido, saboread el encuentro con la noche, y dejaos caer en los brazos de la bella e inmortal Rea, y de Jharel, el reparador de sueños rotos...
J. |
|
|